Un día en El Chocón

31 julio, 2014

El Chocón es un territorio poderoso. Desde su incidencia en la generación y provisión de electricidad a gran parte del país, hasta lo definitivo y tajante que es su paisaje y su geografía.

En Chocón la meseta esta cortada por la cuchilla de los tiempos y la condición patagónica aporta la piedra donde se afila la hoja. De un lado lago, del otro rio, represa mediante. Todo es energía. Hasta lo chiclosa que puede ser una tarde de verano con ritmo de velorio y siesta, también le suman a esa fuerza.

¿Será este piso de fósiles de dinosaurios.? ¿Será la patagonia, el sur, el choconazo, los obreros muertos en la obra colosal de un país que tiempo después tuvo que pedirle a otro pais que  le pasen un enchufe?

La villa tiene en su mayoría casas de plan de vivienda muy hidronor. Bellísimas, de techos en bajada en donde mas de uno seguramente tiró un colchón para quedarse idiotizado mirando el cielo.

El centro tiene una iglesia, un cajero del banco Provincia, el hermoso e inevitable museo paleontológico , una rotonda que anuncia el juzgado de paz con una flecha hacia el cielo. Como no podría ser de otra manera.

Se va la siesta y los regadores arrancan el olor a pasto mojado. Algunas personas caminan por la zona. El ritmo de la villa corre casi igual que el principio de La Ciénaga de Lucrecia Martel.

Son las seis y abre el almacén. Pega el sol en el asfalto y los empleados administrativos descansan tomándose una gaseosa en la mesa del kiosco.

Un pibe de unos 14 años pasa escuchando desde el parlante del micrófono a cielo abierto una música de videojuego noventoso, que no encaja en la foto de pueblo calmo.

Dos viejos se saludan y el perro de uno le ladra finito al otro. “Callate boludo” le dice el dueño y el perro se calla.

Compro un cacho de queso gruyere, una lonja gruesa de jamon y un pedazo de pan.

Pienso en el vino enfriándose en el frigobar de la pieza de la posada y la tarde transformándose en noche.

Llegue a El Chocon con la intención de escribir sobre la cocina del lugar. Esa fue siempre la idea.

Encontrar un sitio donde comer bien no me fue difícil. Siempre tuve la referencia que el restaurante que funciona en La Posada del dinosaurio podría ser una buena opción. Me anoté a cenar y de paso me hospedé en esa residencia tranquila, cómoda y con una linda vista al lago.

Antes de salir, cargué un par de botellas. (me gusta muchas veces llevarme mis propios vinos, luego decido si tengo que ir al auto  a buscarlos o me quedo con los de la carta del lugar)

Un Pinot Noir 2010 de Bodega Patritti y un Colomé Torrontés 2012, pensando en la posibilidad de combinar algún plato por la noche.

Para la tardecita, mirando al lago y escribiendo estas líneas, elegí un Semillón 05 de Bodegas Canale. Milagro encontrado en la Vinoteca El Lagar, que siempre tienen diferentes cosechas de este vino, cosa que no es frecuente encontrar por ahí.

Color cobre, pasado requete pasado, ajerezado pero fiel y sobre todo muy rico frio.

El restaurante de la Posada tiene 42 cubiertos cómodos. Sus latiguillos infalibles son las pastas muy caseras y la trucha de Alicura. La atención es expeditiva y tiene ese mano a mano de pueblo que enriquece. Un mozo jamás debe tener la bandeja vacía y la lengua enredada. Aquí se entiende a la perfección.

Elegí unos raviolones de cordero mixeados con una buena selección de hierbas y choclo.Crema y champignones la salsa. Buenisimos. Opte por el Pinot que llevaba en el auto. Doce meses en madera y estiba en botella otro año más. Mucha fuerza.

De postre y con el vino abierto cerré con un brownie con americana. Creo que es uno de los mejores postres del mercado.

Bien por este restaurante, wifi, opciones vegetarianas y menú infantil. La vista al lago es impagable para observar ese gran contraste de agua y piedra.

Siempre hay que venir a El Chocón. Todas las veces que se pueda.

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