López, la máquina de hacer vino.

28 marzo, 2016

Hay mucho ya dicho sobre los vinos de Bodegas López. Se abre la puerta de un bodegón en el norte argentino y seguro que hay un López, se pide un vino para la pasta en alguna cantina de la Patagonia y seguro hay un López, obviamente en una fonda porteña, un bife con fritas muchas veces es regado por un López.

Bodegas López es una máquina que tiene los engranajes aceitados y mantiene en el tablero siempre el peón al frente. La espalda le permite moverse, renovar aperturas y acorralar la lengua seca del sin deseo.

Los vinos de López despiertan los corazones ausentes porque la técnica ha dominado a la técnica y el hombre ha logrado comprender el paso inexorable del tiempo y en lugar de salir corriendo busca respuestas inmediatas.

Ciento dieciocho son los años que tiene esta proeza. Un sueño hecho realidad por José López Rivas, malagueño, obrero de la uva que vino en 1886 huyendo de la filoxera, esa enfermedad que todo lo come sin beberlo.

En 1898  comenzaron a elaborarse los primeros vinos en Mendoza  que eran comercializados en cascos de roble.  En 1927 sale al mercado “Prestigioso de Cuyo” la primera botella de vidrio de la bodega.

Agrelo y Cruz de Piedra en Maipú fueron los sitios elegidos para plantar uvas por sus excelentes cualidades climáticas y sus suelos.

En 1938 Aparece en escena “Rincón Famoso” el vino que bebía Atahualpa Yupanqui.

Años más tarde aparece “Vasco Viejo” en 1950, “Montchenot” en 1966: el tercer gran clásico de la Bodega y “Selección López” en 1973, vino que hoy se denomina “Malbec López”.

La época de los espumantes se marca con fuerza en 1970 con la aparición de “Montchenot” (nature)  y “Mont Reims” (Brut).

Con el tiempo y en fechas claves aparecieron “Montchenot” cosecha 1975 y “Montchenot” Gran Reserva 15 y 20 Años.

Luego vinieron “Casona López”, “Xero” “Federico López gran reserva” y en 2004 se presentó el champagne “López Extra Brut”, al que luego se sumaron “López Brut” y “López Demi Sec”

Hermoso vino “Miguel Brascó corte 279”, ideado por ese viejito lindo que tanto contagió en todo este tiempo y que nace de un tonel de 10 mil litros de roble francés antiguo.  Es un blend en base a Syrah proveniente de Agrelo Alto y Merlot de Cruz de Piedra que se vinificó en Bodegas López.  Este caldo podría tranquilamente explicar ese sentido del tiempo que tienen estos vinos, tanto en boca como en nariz y vista.

Bodegas López está ahí, susurrando el relato para quien quiera dejarse llevar por esa cadencia hermosa.

Un pedazo de historia viva. Una orquesta afinada, entre piezas de museo y toneles.

El restaurante es un muy cálido sitio. Cómodo, espaciado, perfectamente diseñado y con vistas a los jardines de la Bodega. Andrés Romano, su cocinero, comanda un ejército de certezas. La carta y el menú por pasos todo lo pueden.

Glorioso el momento de haber conocido tan hermosa maquinaria del vino, con esa espalda de la historia tintineando las miles de copas que transportan todas las formas del vino López.

Que son eternas y que están ahí, esperando ser develadas.

Nico Visne

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