Coche Comedor

2 enero, 2017

Recuerdo un viaje de Bahía Blanca a Cipolletti en tren. Junto a mis dos hermanas y mi padre formábamos la comitiva que iba en dos camarotes. Nos encantaba viajar en ese gusano de hierros con los colores de la bandera francesa y ya conocíamos todos los diferentes servicios que el ferrocarril ofrecía. Turista, primera, pullman y camarote. En algunas los asientos eran compartidos, en otras no apagaban la luz de noche, en otra se viajaba a oscuras y podías reclinar las butacas y en camarote viajabas en una habitación, acostado, mirando la oscuridad de la pampa, mientras el traqueteo te iba adormeciendo. Me encantaba leer historietas hasta que me desmayaba.

El viaje era largo 10/12 horas. Salimos de tardecita y llegamos de mañana.

Solo una cosa sostiene este recuerdo en mi memoria para siempre. Un desvelo sobre la madrugada, mientras en el horizonte aclaraba muy lentamente.

Mi familia dormía y yo salí por los pasillos del vagón, buscando no se que, motivado por la curiosidad y la impunidad de la oscuridad y la aventura. Las diferentes puertas laminadas con sus números respectivos permanecían cerradas y el flaco pasillo era todo territorio mío.

El oscilar del vagón y la métrica sonora de las ruedas daba la sensación de que todo estaba en movimiento.

Me deje llevar hasta la puerta del final, salte el fuelle que une los diferentes tramos del tren y moví el picaporte. Una ráfaga de aroma a café me intervino la nariz, mientras los oídos escuchaban sonidos a platos, tazas, y vajilla.

Pavas chillando, mozos de moñito yendo y viniendo y una actividad social en el coche comedor que me conmovió para siempre.

Siento el brazo de mi padre abrazándome con mis hermanas y diciéndome que elija una mesa donde sentarnos. Que estábamos por llegar en un rato, que desayunemos, mientras yo miraba mudo la deformidad del paisaje, las vacas borroneadas, el molino diluido, los arboles titilando, medio en pijama, medio que no.

Recuerdo que pedí un café con leche y que lo volqué, recuerdo que mi viejo no me dijo nada porque lo habían servido hasta el tope y el vagón se movía, también recuerdo que la gente fumaba y que de los andenes de las diferentes estaciones podías tocar a quienes te despedían subiendo la ventanilla para arriba. Recuerdo gente llorando, nenitos a caballitos de adultos apoyando las manos sobre los vidrios.

También recuerdo los pedales de los lavamanos para que salga el agua y el ojo de buey de las puertas donde el campo vomitaba fotogramas a cada momento.

También aparece claramente el primer registro de las mantecas en paquetitos chiquitos. Y la carta de cafetería y las opciones de almuerzo, de un tren que llegaba y de una generación que fue la última que lo utilizó en esas distancias.

Atrás quedo La Pampa, las vacas, el coche comedor, los mozos de moñito y el ferrocarril del sud devorándose los tobillos del país.

Una de las primeras situaciones gastronómicas que viví, me ocurrió dentro de un tren entre provincia de Buenos Aires y el valle de Rio Negro, sobre fines de los ochentas, allá lejos y hace tiempo.

Nico Visne.

ph: Andén estación Bahia Blanca / 25 de Diciembre de 2011

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